II.
Melancolía
Desde
que sucedió todo aquello siente una tendencia a la inmovilidad,
pérdida de la actividad mental, agotamiento, falta de entusiasmo. Ha
desarrollado una incapacidad total para la imaginación, está atada a
la inmanencia. Su único pensamiento son los sentimientos negativos
que le producen el recuerdo del accidente y todo lo que vino después.
Vive en la niebla, la increencia y la desesperación. Es capaz de
manejar esta situación atándose a lo inmediato, evitando el bucle
recurrente, el pensamiento ocioso, el recuerdo. No ha dejado la
posibilidad al azar, ha decidido cada momento y ejecuta
meticulosamente lo que corresponda sin detenerse. Establece las
pautas, las sigue y evita el cambio. El territorio es limitado y las
conexiones múltiples, lo que dificulta esta huida hacia delante. Este
vencer el tiempo con el tiempo. Consigue al menos mantenerse
dignamente, aunque despojada de sí misma.
Le han
recomendado no visitarla, pero sigue acudiendo al menos una vez por
semana. Rutinariamente. Comparte como puede lo que le ocurre, intenta
fijar en una estancia estática su pasado. Silencio. Presencia
encarnada. Hay una barrera de consciencia y cuerpo que las repele.
Los interiores que compartieron siguen intactos, no los evita, pero
no tiene necesidad de modificar su disposición. Repite los gestos
comunes para evitar el olvido. Los resignifica en su más absoluta
soledad, lo que acabará por ser la única afirmación de la realidad
desdibujada que necesita para tener una ínfima intuición de lo que
fue y que la ayude en este desplome. Por lo menos que sea gradual.
Sucedió
sin tragedia. Se desvaneció tranquilamente. Y se encerró en sí
misma, quedó su cuerpo tendido tranquilo. El último gesto fue una
ligera contracción del rostro, volcándose hacia dentro y quedó
allí postrada delante de sus propios ojos. Se pregunta siempre por
qué la abandonó parecía su último gran truco, la última
impostura. Aquello dio un sentido nuevo y siniestro a sus palabras y
gestos, la distancia dio lugar a rememorar lo que fue común. Al irse
quedó determinada la vivencia, cerrada en una bolsa, accesible
únicamente por su mala memoria y su capacidad de traerla al
presente.