III.
El cuerpo tendido en su
extensión entera. Dándose su forma en las sábanas de forma
permanente como una huella sellada en el tiempo, su inverso o su
sombra. Así tendida, tan bella y relajada sin percepción alguna del
mundo que la contenía, de esa habitación verdiblanca de hospital en
las penumbras de una única luz. Las manos posadas, el pelo
amontonado a un lado y tibio, la cabeza ladeada inerte. Así la
contemplaba durante largo tiempo sin que apenas nada ocurriese.
Algunos pasos ajenos y los murmullos de los visitantes en otras
habitaciones la acompañaban mientras en silencio le intentaba
transmitir la vida al otro lado sin respuesta. Toda ella era
exterior, cuerpo, pálpito y respiración. Mi cosa singular le
decía, se decía. El afecto que aún sentía por ella la llenaba de
la sensación de un recuerdo nostálgico. Parecía que había
decidido aquella existencia, que había tendido su vida hacia una
vegetalidad inocentemente feliz. Una tan en reposo y la otra, en
cambio, tan agitada y melancólica. Movimiento de elongación.
Exhalación. Inhalación. Sentía ganas de agitarla, de zarandearla.
Despierta, mi cosa singular. Pero
no lo hacía. Allí sentada, a su lado con la atención muy fija,
tocándole las manos, la mejilla y el pecho que a su tacto
reaccionaba contrayéndose ligeramente, como podría haber hecho si
el viento la tocara. Se
sentaba tardes enteras a su lado. A veces leía mientras oscurecía
la tarde ahí fuera, otras simplemente acompañaba aquel cuerpo
presente y tan distante. Las tardes de lluvia se acercaba a la
ventana del cuarto y, dándole la espalda, contemplaba el agua en la
calle y sus salpicaduras en la ventana. El cristal de la ventana
estaba siempre frío, lo tocaba con sus manos o con la punta de la
nariz, después se acercaba a ella y le transmitía la sensación
posando sus yemas sobre el envés de la mano. Ves, cosita, así
llueve, así de frío hace ahí fuera. Pensaba que quizá se
estuviera olvidando de lo básico.