miércoles, 26 de noviembre de 2014

III.

El cuerpo tendido en su extensión entera. Dándose su forma en las sábanas de forma permanente como una huella sellada en el tiempo, su inverso o su sombra. Así tendida, tan bella y relajada sin percepción alguna del mundo que la contenía, de esa habitación verdiblanca de hospital en las penumbras de una única luz. Las manos posadas, el pelo amontonado a un lado y tibio, la cabeza ladeada inerte. Así la contemplaba durante largo tiempo sin que apenas nada ocurriese. Algunos pasos ajenos y los murmullos de los visitantes en otras habitaciones la acompañaban mientras en silencio le intentaba transmitir la vida al otro lado sin respuesta. Toda ella era exterior, cuerpo, pálpito y respiración. Mi cosa singular le decía, se decía. El afecto que aún sentía por ella la llenaba de la sensación de un recuerdo nostálgico. Parecía que había decidido aquella existencia, que había tendido su vida hacia una vegetalidad inocentemente feliz. Una tan en reposo y la otra, en cambio, tan agitada y melancólica. Movimiento de elongación. Exhalación. Inhalación. Sentía ganas de agitarla, de zarandearla. Despierta, mi cosa singular. Pero no lo hacía. Allí sentada, a su lado con la atención muy fija, tocándole las manos, la mejilla y el pecho que a su tacto reaccionaba contrayéndose ligeramente, como podría haber hecho si el viento la tocara. Se sentaba tardes enteras a su lado. A veces leía mientras oscurecía la tarde ahí fuera, otras simplemente acompañaba aquel cuerpo presente y tan distante. Las tardes de lluvia se acercaba a la ventana del cuarto y, dándole la espalda, contemplaba el agua en la calle y sus salpicaduras en la ventana. El cristal de la ventana estaba siempre frío, lo tocaba con sus manos o con la punta de la nariz, después se acercaba a ella y le transmitía la sensación posando sus yemas sobre el envés de la mano. Ves, cosita, así llueve, así de frío hace ahí fuera. Pensaba que quizá se estuviera olvidando de lo básico.

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