miércoles, 10 de diciembre de 2014




La otra genealogía supone iniciar una senda de desposesión de lo heredado hacia un nuevo lugarpaisaje en el que otras formas de relación son posibles. Un tránsito entre el abandono de lo que nos sitúa en un espacio-ciudad y el dar cuenta de uno mismo desde fuera. Esta búsqueda de autonomía da comienzo en la conciencia de uno mismo en el espacio en el que se ha dado y el extrañamiento al encontrar en lo propio, en lo que lo constituye, algo impropio. La desterritorialización, esta huida hacia un lugar imaginado, para encontrar-se con una bienvenida al mundo entre las semejantes ritualizada y desprenderse del repertorio moral y político desde el que se llega. La ciudad representa este mundo organizado e instituido por otros que significa a los que la habitan y que los sitúa pero no los acoge. Un paisaje que se impone, ajeno a la corpóreo, sedimentado, pétreo y justificado por una historia de la que no se ha formado parte. La mortificación del ímpetu y el espasmo de la conciencia que sobreviene a ese primer momento de conformidad y reposo nos incitan a iniciar este paso. Estas fugitivas desterradas, las lesbianas de la ciudad, re-crean un espacio alejado, excéntrico, marginal, propio. Forman un nuevo procomún a través de sus prácticas, usos y rituales precarios y antiguos que trasvasan de unas a otras. Un continuo de símbolos representaciones e imágenes singulares que se recogen, atribuyen y transforman para contar su historia y su origen: su propia genealogía. La isla es una utopía, un lugar imaginado y separado, en el que se recogen, se cuidan y se reconocen. Un paisaje que habitan de algún modo y que las hace efectivas.





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