La
obra de antonio lópez es, en sus múltiples temas y expresiones, un
intento íntimo y minucioso de ahondar en lo real. Lo real en las
cosas mismas, en su cotidianeidad, en su ser mismo. El anhelo de
alcanzar a través de la representación figurativa -en esa parcela
de espacio concreto de los paisajes, en los interiores o en la figura
humana- en lo real sin más -desnudo, encarnado, quieto- un secreto
que está sutilmente presente. Lo que allí se expresa es lo
inexplicable. La paradoja primigenia que enfrenta al hombre a su
propio existir y a los lugares que ocupa, ese secreto casi milagroso
del porqué de la vida y de nuestra existencia. Sin embargo, esta
pregunta que es la primera y que surge en el hombre asombrado de si
mismo y del mundo, de los objetos que le rodean y acompañan en la
rutina, no se queda simplemente en una actitud interrogativa y vacía,
sino que antonio la responde con el quehacer de los días y el
oficio. Con lo que el hombre-cuerpo humildemente, el hombre de carne
y hueso, puede hacer con sus propias manos. Este quehacer con el que
ocupa la duración de sus días, es en antonio -y también en los
demás, nosotros- una forma de relación con su inmediatez.
La
creación es aquí entendida como vía mística de conocimiento, se
da una relación de tipo amoroso. antonio aleja el espacio de su
vulgar mundaneidad pobretona e insuficiente tomando perspectivas casi
aéreas, desde las azoteas como límite humano posible de elevación
-el pobre hombre que se aúpa sobre sus hombros, sobre la
contingencia y la adversidad- y contempla, desde esta nueva
dimensión, la belleza del mundo tal y como es. Sus imágenes tienen
el valor de una revelación en dos sentidos diferentes: en primer
lugar, en el de desvelar una verdad que las palabras traicionan y que
encuentra su medio de expresión en lo artístico y, en segundo, en
el de transmitir esta verdad revelada que el autor comparte. Hay algo
en sus imágenes que merece ser expresado, algo que merece la
dedicación de toda una vida. Son sus obras una epifanía descreída,
muda, quieta. No parece haber interés puesto en el tiempo ni en el
movimiento. Es, en cambio, la mirada la que adquiere duración:
varios años contemplando un espacio concreto a las mismas horas en
la misma estación del año, escudriñando ese algo que se desoculta
a aquel de la mirada atenta y contemplativa y la mano firme. Un ansia
de lo real. Una necesidad profunda de conocer el misterio y de
encontrar el
fin de la creación en la búsqueda.






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