miércoles, 29 de mayo de 2013

antonio lópez: el universal concreto



La obra de antonio lópez es, en sus múltiples temas y expresiones, un intento íntimo y minucioso de ahondar en lo real. Lo real en las cosas mismas, en su cotidianeidad, en su ser mismo. El anhelo de alcanzar a través de la representación figurativa -en esa parcela de espacio concreto de los paisajes, en los interiores o en la figura humana- en lo real sin más -desnudo, encarnado, quieto- un secreto que está sutilmente presente. Lo que allí se expresa es lo inexplicable. La paradoja primigenia que enfrenta al hombre a su propio existir y a los lugares que ocupa, ese secreto casi milagroso del porqué de la vida y de nuestra existencia. Sin embargo, esta pregunta que es la primera y que surge en el hombre asombrado de si mismo y del mundo, de los objetos que le rodean y acompañan en la rutina, no se queda simplemente en una actitud interrogativa y vacía, sino que antonio la responde con el quehacer de los días y el oficio. Con lo que el hombre-cuerpo humildemente, el hombre de carne y hueso, puede hacer con sus propias manos. Este quehacer con el que ocupa la duración de sus días, es en antonio -y también en los demás, nosotros- una forma de relación con su inmediatez.

La creación es aquí entendida como vía mística de conocimiento, se da una relación de tipo amoroso. antonio aleja el espacio de su vulgar mundaneidad pobretona e insuficiente tomando perspectivas casi aéreas, desde las azoteas como límite humano posible de elevación -el pobre hombre que se aúpa sobre sus hombros, sobre la contingencia y la adversidad- y contempla, desde esta nueva dimensión, la belleza del mundo tal y como es. Sus imágenes tienen el valor de una revelación en dos sentidos diferentes: en primer lugar, en el de desvelar una verdad que las palabras traicionan y que encuentra su medio de expresión en lo artístico y, en segundo, en el de transmitir esta verdad revelada que el autor comparte. Hay algo en sus imágenes que merece ser expresado, algo que merece la dedicación de toda una vida. Son sus obras una epifanía descreída, muda, quieta. No parece haber interés puesto en el tiempo ni en el movimiento. Es, en cambio, la mirada la que adquiere duración: varios años contemplando un espacio concreto a las mismas horas en la misma estación del año, escudriñando ese algo que se desoculta a aquel de la mirada atenta y contemplativa y la mano firme. Un ansia de lo real. Una necesidad profunda de conocer el misterio y de encontrar el fin de la creación en la búsqueda. 



 


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