Hormigas aladas. Contra la repisa
blanca, quemadas por el foco. El impacto de un peso redondo. Después
retorciéndose, afanándose. Y nosotras, que tal vez aquel dolor de
cabeza. Que tal vez depresión, exceso de sol, falta de cafeína. A
los veinte la pérdida del impulso sexual es un augurio. Parodiar la
decadencia. ¿Sientes lo mismo? Una terrible presión en las
articulaciones, como si la atmósfera, más densa, empujando el
cuerpo, derribándolo.
Derribándolo, ¿no es con b? Y con
acento. El corrector marca un tropiezo ortográfico. O. asiente
mientras añade nata a la sartén. Mi amor, me parece que hoy no van
a ser mis mejores carbonara. Jazz desde el salón. Tabaco de liar
espolvoreado sobre la meseta blanca. Nada de cerveza esta noche, por
la jaqueca, mejor café. Cuidado con la taza. A riesgo de beberse una
hormiga. Podría no ser tan terrible, ya ves. El perro ha vuelto a
mearse sobre el suelo de la cocina.
El aceite chisporrotea. El cerebro se
adhiere a las paredes del cráneo. Tanto sueño durante el día. La
siesta, casi accidental, un desvanecerse vientre contra espalda
durante horas. Antes, en otro tiempo, ayer. Nuestro amor nos mantuvo
despiertas. No podemos, estar mirando la una para la otra todo el
día. O quizás, por qué no, claro que podemos. Eres tan bella,
bellísima. Como el dolor, la catástrofe, el azúcar al fuego,
apenas derretido, dorándose. Incorpórate sobre el plato, un beso.
La cena reclama abandonar la escritura.
O. revisa el texto. No aprueba. Es
agridulce y lo agridulce da risa. Beberse una hormiga, qué
ocurrencia.
Isonomías. Enfrentarse
conjuntamente a la verdad más descarnada. Compartir en el desastre
los mismos modos de evasión y evitar el desamparo sin más, en el
trascurrir caótico de los días no susceptibles de forma. La
superación del uno mismo queda descartada. Tan sólo un vivir
cómodamente, sin constreñir las horas en planificaciones
imposibles, espartanas. Dejarse llevar por lo fisiológico y anular
al pensamiento o reducirlo. A las apetencias más infantiles,
primitivas.
Bajo la lengua. Cierto
regusto a derrota plantea dos caminos posibles: el absurdo o la nada.
O. se pone grave. La nada es grave a veces. En el absurdo todo cabe,
un guiño, a la continuidad.
Aquí tenemos esto. En la
superficie de las horas lo accesible se dispone como objetos. No
acudir a ellos. Señalarlos. Podría ser un viaje, un intercambio de
miradas. Podría no ser nada. Vivir en la nada es renuncia. El
absurdo es transgredir los planos. Otorgarle importancia a una
hormiga que cae. Chamuscada.
El arte como forma de
llenar el tiempo excluso. Esa sofocante sensación de hastío, de
nada, de vaguedad e intrascendencia. El aburrimiento plantea la
cuestión del infinito. Un tempo lento, pesado. El aburrimiento hace
que pensemos en la pérdida, que nos sintamos insulsos, mediocres.
Una carcajada sonora frente a lo irónico. El aburrimiento plantea
otra duda: la del sinsentido. El para qué tanto si después no
servirá. La inmovilidad. Sin transformaciones en el espacio. Tiempo
que es percibido como mera duración. El pálpito, las espiraciones,
los leves movimientos del cuerpo. Marcan un ritmo constante que sin
embargo nos agota.
Es posible sentir haberlo
dicho todo en un párrafo. Entonces queda eso; abandonar,
sobrescribirse. La repetición como otra forma de pobreza.
Manifestaciones de lo limitado. Los ronquidos del perro dormido marca
el ritmo de la noche. Al anochecer las campanas de la plaza mayor ya
no recuerdan el tiempo que corre, perdido.
Dejar constancia de lo
terrible nos hace sentir elevados. Elevados, sobre qué. Haber podido
expresarlo en lugar de tenderle un camino de hojarasca, el margen que
le corresponde en el no recuerdo. La inactividad jamás es línea
definida, se transfigura en la memoria.
O. ha tomado la guitarra
y toca una pieza se Saint Saens. Sí, recuerda la primera vez, en su
cuarto, casi desnuda. Rescató aquella abandonada a un rincón,
afinándola, despertándole la voz que nunca había llenado su
vientre hueco.
Serenata. La habanera.
Carmen. Bizet.
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