miércoles, 29 de mayo de 2013

Conversaciones con O.


Hormigas aladas. Contra la repisa blanca, quemadas por el foco. El impacto de un peso redondo. Después retorciéndose, afanándose. Y nosotras, que tal vez aquel dolor de cabeza. Que tal vez depresión, exceso de sol, falta de cafeína. A los veinte la pérdida del impulso sexual es un augurio. Parodiar la decadencia. ¿Sientes lo mismo? Una terrible presión en las articulaciones, como si la atmósfera, más densa, empujando el cuerpo, derribándolo.

Derribándolo, ¿no es con b? Y con acento. El corrector marca un tropiezo ortográfico. O. asiente mientras añade nata a la sartén. Mi amor, me parece que hoy no van a ser mis mejores carbonara. Jazz desde el salón. Tabaco de liar espolvoreado sobre la meseta blanca. Nada de cerveza esta noche, por la jaqueca, mejor café. Cuidado con la taza. A riesgo de beberse una hormiga. Podría no ser tan terrible, ya ves. El perro ha vuelto a mearse sobre el suelo de la cocina.

El aceite chisporrotea. El cerebro se adhiere a las paredes del cráneo. Tanto sueño durante el día. La siesta, casi accidental, un desvanecerse vientre contra espalda durante horas. Antes, en otro tiempo, ayer. Nuestro amor nos mantuvo despiertas. No podemos, estar mirando la una para la otra todo el día. O quizás, por qué no, claro que podemos. Eres tan bella, bellísima. Como el dolor, la catástrofe, el azúcar al fuego, apenas derretido, dorándose. Incorpórate sobre el plato, un beso. La cena reclama abandonar la escritura.

O. revisa el texto. No aprueba. Es agridulce y lo agridulce da risa. Beberse una hormiga, qué ocurrencia.

Isonomías. Enfrentarse conjuntamente a la verdad más descarnada. Compartir en el desastre los mismos modos de evasión y evitar el desamparo sin más, en el trascurrir caótico de los días no susceptibles de forma. La superación del uno mismo queda descartada. Tan sólo un vivir cómodamente, sin constreñir las horas en planificaciones imposibles, espartanas. Dejarse llevar por lo fisiológico y anular al pensamiento o reducirlo. A las apetencias más infantiles, primitivas.

Bajo la lengua. Cierto regusto a derrota plantea dos caminos posibles: el absurdo o la nada. O. se pone grave. La nada es grave a veces. En el absurdo todo cabe, un guiño, a la continuidad.
Aquí tenemos esto. En la superficie de las horas lo accesible se dispone como objetos. No acudir a ellos. Señalarlos. Podría ser un viaje, un intercambio de miradas. Podría no ser nada. Vivir en la nada es renuncia. El absurdo es transgredir los planos. Otorgarle importancia a una hormiga que cae. Chamuscada.

El arte como forma de llenar el tiempo excluso. Esa sofocante sensación de hastío, de nada, de vaguedad e intrascendencia. El aburrimiento plantea la cuestión del infinito. Un tempo lento, pesado. El aburrimiento hace que pensemos en la pérdida, que nos sintamos insulsos, mediocres. Una carcajada sonora frente a lo irónico. El aburrimiento plantea otra duda: la del sinsentido. El para qué tanto si después no servirá. La inmovilidad. Sin transformaciones en el espacio. Tiempo que es percibido como mera duración. El pálpito, las espiraciones, los leves movimientos del cuerpo. Marcan un ritmo constante que sin embargo nos agota.

Es posible sentir haberlo dicho todo en un párrafo. Entonces queda eso; abandonar, sobrescribirse. La repetición como otra forma de pobreza. Manifestaciones de lo limitado. Los ronquidos del perro dormido marca el ritmo de la noche. Al anochecer las campanas de la plaza mayor ya no recuerdan el tiempo que corre, perdido.

Dejar constancia de lo terrible nos hace sentir elevados. Elevados, sobre qué. Haber podido expresarlo en lugar de tenderle un camino de hojarasca, el margen que le corresponde en el no recuerdo. La inactividad jamás es línea definida, se transfigura en la memoria.

O. ha tomado la guitarra y toca una pieza se Saint Saens. Sí, recuerda la primera vez, en su cuarto, casi desnuda. Rescató aquella abandonada a un rincón, afinándola, despertándole la voz que nunca había llenado su vientre hueco.

Serenata. La habanera. Carmen. Bizet.

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