La significatividad de los modos de hablar, de escribir, de actuar o de sentir posibles están limitados por un sistema de pensamiento concreto. Y digo ésto porque el lenguaje, como juego de símbolos con los que se articula y expresa el pensamiento, está estructurado en su mayor medida sistémicamente. El estudio del imaginario simbólico nos permite llegar a esas estructuras que subyacen cualquier discurso posible, y que están formando y posibilitando cualquiera nuevo. Esto implica que la capacidad para adscribir sentido a lo que es, lo que es en sentido amplio como mundo, como lo que resulta significativo, está limitada por la confrontación o adecuación o regulación entre la experiencia de la vida y una imagen particular de la realidad que funciona como horizonte realizativo. Este proyecto en el tiempo, supone un afán de correspondencia entre lo que se es y lo que se debería ser, posiblemente tras unos arquetipos comunes -común por intersubjetivos- a los que se tiende, y que están formateando el conjunto de relaciones estructurales -y estructurantes- posibles. Estos arquetipos funcionan así mismo como una forma de clasificación, ya en Platón la diaresis es una operación que permite delimitar, definir y precisar. Un proceso de racionalización que permite adscribir elementos dentro de tipologías definidas con anterioridad.
Una imagen del mundo providencial e inalcanzable, pero que está configurando nuestra manera de concebir, de entender, de apercibir (no sólo mera percepción), de sentir. Un mundo, entre los posibles, que se consituye y configura precisamente a través de esta forma de penetración en la realidad. Hay manifestaciones culturales que son dadoras de mitología y que funcionan como conformadoras del imaginario. Estas estructuras, que son las formas del pensamiento posible mismo, están expresadas en los múltiples lenguajes de los que es capaz en una sociedad dada. La mitología, que también se puede abordar de forma lingüística como relato (discurso, también imagen) está por encima de los sujetos particulares y es dadora de significados. Está contribuyendo a la formación de figuras bajo las que los acontecimientos, los objetos o los sujetos mismos, cobran un significado (o múltiples significados) concretos. Es decir, configura los arquetipos de los que hablábamos, bajo los cuáles valoramos aspectos de la realidad y que constiturá nuestra concepción del mundo.
Una posición filosófica no es más que una manera programática y regulativa de afrontar y ordenar la realidad. La/s filosofía/s son específicas de un contexto histórico-cultural concreto y tienen un aire epocal, por estar determinadas por factores sociales y darse en un contexto. Por su carácter crítico, es capaz de cuestionar otras formas de cultura, y proponer nuevas imágenes del mundo que funcionen como horizontes de realidad. Puede darse como reformadora o revolucionaria, es decir, darse dentro del sistema de pensamiento preeminente o como el discurso de la alteridad, pero en todo caso favorece el cambio. La concienciación del devenir, su asimilación y su asunción o la negatividad de lo establecido, que como mera posibilidad y en cuanto discurso, se positiviza y se despliega; es apertura. La cultura, en general, es la gran acumulación de saberes de una comunidad, y como tal funciona, más que ninguna otra, como dadora de “modelos, esquemas, escenarios y otras formas de imaginería lingüística convencionalizada”, como afirma Palmer en Lingüística Cultural en el partado “Objetivos y conceptos”.