jueves, 15 de abril de 2010

Leni Riefenstahl: estética de la sublimación.



La estética de Riefensthl recupera el ideal clásico griego de belleza. Anhelo de una época primigenia y originaria mejor. Imágenes de cuerpos atléticos, fuertes, jóvenes saludables, asexuados. Sobre todo el cuerpo. Exaltación del cuerpo escultural, que de la rigidez y la quietud pasa al movimiento acompasado y armónico. Composición de la simetría, la proporcionalidad y el equilibrio. En la escultura clásica vemos un idealización del hombre estática y tridimensional. Aquí, en las producciones de propaganda nazi, vemos individuos que destacan sobre los demás, necios que no entienden su superioridad: el la afirmación última del Yo último: su valor y su fuerza. La superación y la trascendencia como meta supone un desafío, un ejercicio de superación, asimilar la propia posibilidad de aniquilación. La metáfora de la constante elevación.. El triunfo de la libertad y de la voluntad heroicas presentes en el romanticismo esteticista alemán.









La competición deportiva es una forma de canalización de la agresividad, al menos supone la disminución de la violencia destructiva efectiva. El entusiasmo se convierte en el nexo de unión de los espectadores que viven con auténtica fascinación idólatra el acontecimiento. La mayor evidencia de la sociedad de masas y del espectáculo. Arrebatados por la epopeya deportiva. La lucha y la victoria: mediatizadas. La superación de la contingencia humana, la negación de las bajas pasiones.



Cine

Un caso particular de la imagen es la cinematográfica. El cine no es sólo un ejemplo ilustrativo en el que apoyar consideraciones más profundas sobre la realidad, la vida o la existencia humana. De hecho, la nueva mitología del milenio se gesta en su matriz simbólica. El cine también tiene cabida entendido como perspectiva desde la que alentar o imbuir una determinada actitud respecto a los aspectos que sean subrayados. Llama la atención sobre algún elemento, lo focaliza e invita al espectador a participar de su ilusión. Las muchedumbres fascinadas, como dijo Sartre. El arte pierde su constitución snob y clasista, el arte difundido, mediatizado, desarrollado por el ciudadano está a disposición de quién se quiera adentrar en él y explorar; el abaratamiento de los costes de producción permite que más gente se acerque al mundo artístico. Esto no quiere decir que la calidad del arte, y por ende del cine haya mejorado, ni mucho menos. Pero sí que parece, desde mi punto de vista, que desde hace unos años hayan proliferado los relatos intimístas, realistas, casi documentales.

La elaboración de una imagen determinada (al hablar de imagen cinematográfica pienso en la discurrida por Deleuze en Imagen-tiempo, es decir, no como mera representación sino como movimiento; con el aditamento de los op-signos y son-signos: elementos ópticos y sonoros en la imagen) tiene un propósito de significatividad. Que el significado, que nunca es decisivo siempre está abierto, y el objeto último, estén por encima de las intenciones del autor es algo que no discuto, pero que hay intencionalidad creo que tampoco se puede negar. Se puede entender como un acto comunicativo: hay un contexto de génesis (proyecto, proceso de creación, intención del autor/es y de los participantes –si los hay- factores económicos, desarrollo de las técnicas artísticas, entre otros), la obra en sí entendida como mensaje (composición, elementos, relaciones, estilo, forma, movimiento, tono) y el contexto de recepción (espectación, interpretación, justificación, difusión). No obstante, este esquema tripartito tiene que ser dinámico. No se puede afirmar con rotundidad el significado completo de una obra de arte, o en este caso de una película. Siempre hay referencias que hacen referencia a otras cosas, al propio medio o a otros, y que imposibilitan una individuación de la obra tomada en sí misma, o que tienen lugar en un tiempo concreto, son efímeras, y por tanto irrepetibles.

Arte, Filosofía.

No es algo sorprendente ni original que el estatuto del arte esté puesto en entredicho desde décadas. Ni siquiera nos sobrecoge la incapacidad para definir el arte y situar la labor artística dentro del panorama global general. No está nada clara su pertinencia. El arte se defiende como puede para reivindicar un espacio propio en las sociedades contemporáneas. Desde la antigüedad clásica el arte se ha visto obligado a justificarse1 , a demostrar su derecho a la vida, a responder al porqué de su ser, a explicar la utilidad y función de un objeto o artefacto -la obra de arte- cuyo valor no es fácilmente reconocible. Th. Adorno ya auguraba en la década de los treinta, una clara y radical falta de certeza a la hora de elaborar una ontología del Arte. En su Teoría Estética pone a favor toda la maquinaria de la dialéctica posthegeliana: una inversión del concepto, que se configura precisamente a través de su ser no-conceptual. Su propuesta es actual y reivindicable:
¿Quién, sino el arte, podía agarrar la mano tendida por esa filosofía que sucumbía en su propia elevación hacia dios sabe qué género de abstracción? ¿Quién, sino el arte, devolvía la posibilidad del retorno a la inmanencia? Lo conceptual y lo simbólico en simbiosis, la expresión concreta en la obra del pensamiento.

Tanto filosofía como arte reivindican no ser una mera expresión particular de la cultura. Son precisamente ellos -filosofía y arte- quienes constituyen su crítica, con propuestas -en algunos casos radicalmente utópicas- mediante las idealizaciones más desvergonzadas, elaborando manifiestos delirantes y surrealistas, haciendo denuncia social; son quienes señalan la pornografía más lacerante de la sociedad del espectáculo, quienes desvelan las cloacas ocultas ineludibles, en las que la mierda y los poetas se regocijan de sí mismos. Filosofía y arte ofrecen una imagen de la realidad verosímil -realidad entendida en sentido amplio- y de sus fenómenos. Nihilismo, hermenéusis, materialismo, formalismo, historicismo, erótica del arte. Se reivindica en todas ellas un aspecto dominante sobre los demás. Todas ellas plausibles, válidas. Si anhelábamos un atisbo de verdad recalcitrante estamos perdidos en la mayor incertidumbre. Nos contentamos con las vetas que nos ofrece el conocimiento parcial de una realidad que se desborda, que nos desborda, en el marco de la cultura de masas, de la postindustrialización, de las tecnologías de la información. La importancia de un estudio de la imagen, no entendida como mera representación, sino como constituyente de realidad, de nuestro ser en el mundo, de nosotros mismos como imagen narcisista3 que se contempla, se descubre, se toca y se transforma, es importantísima. La palabra pierde su altar inalcanzable, estático, erudito, iluminada por el puro conocimiento servía de vehículo hacía la cosa misma. La nueva sensibilidad y el entendimiento funcionan a través del imaginario social. Sin embargo, no debemos obviar la importancia del concepto que se expresa discursivamente, aún verbalmente. La más concienzuda lectura que nos redescubre a nosotros mismos, y nos abre la vía de la interpretación: reflexión, meditación, examen de conciencia.

Conciencia, Sujeto, Imagen.

La imagen propia -la del sujeto que se contempla en la sociedad de la subjetividad más exacervada y alienante, que es la nuestra- mediatizada por el imaginario, simbólico y conceptual, en el que el sujeto está inserto, y que es, por contrastación con la imagen que se proyecta en lo demás -tanto objetos como sujetos, que tampoco están dados, sino que se formatean también en este hacer-se mutuo- como se posibilita el conocimiento de sí mismo. Creación e inventiva de la propia imagen dentro de un contexto social en el que el individuo se inscribe como parte perteneciente y constitutiva (como nodos de una red más amplia de relaciones). Un animal que no sea capaz de concebirse a sí mismo, que sólo posea impresiones sensoriales, no tiene conciencia, no tiene algo a lo que podemos llamar yo. Las impresiones están enriquecidas por nuestra capacidad para referirnos a objetos, adscribir significados, poseer conceptos temporales. Todo esto está posibilitado por manejar símbolos compartidos grupalmente. Empezamos a ver con imágenes, pero creo que miramos, focalizamos, atendemos, y por tanto, dintinguimos e individualizamos cuando empezamos a entender gestos, habla, palabras. Palabras que son la primera abstracción que utilizamos como herramienta conceptual para permitirnos todas estas operaciones del pensamiento. Cuando alguien habla conmigo, escucho sus palabras, las comprendo e iniciamos un proceso comunicativo, no voy una a una imaginando (en imágenes claro) las palabras que articula, sino que capto el mensaje sin más. Sé lo que me quiere decir cuando me habla de un “perro”, por ejemplo, sin necesidad de acudir a imágenes concretas de perros conocidos. Capto el mensaje, que articula mediante una fórmula lingüística. Si me paro reflexiono sobre lo que me dicen, entonces sí, puede que imagine a mi perro, al de la vecina, o a un llavero con esa forma. Tengo una palabra, concepto, que me permite ante una impresión distinguir si lo que tengo delante es, en este caso, un perro o no. Sin embargo, un sistema conceptual, sea el que sea (incluso las formas más abstractas de pensamiento) esta forjado en principio metafóricamente (Lakoff-Johnson). Los conceptos se estructuran a partir de experiencias propiamente humana. Los conceptos más abstractos, difícilmente delimitados, los intentamos comprender a partir de conceptos más simples formados mediante metáforas orientacionales, metáforas ontológicas (entidad y sustancia), personificaciones, metonimias.

La apercepción del cuerpo en el espacio proporcionado por los órganos vestibulares (del equilibrio), propiocepción (sentido de la posición del cuerpo en el espacio dada por la musculatura), la visión y la memoria (experiencia vivida previa) permiten establecer una referencia mediante la que estructurar lo inmediato en función del alcance y nuestra capacidad de manipular o modificar el entorno. Inevitablemente a este sentido del espacio se le ha añadido otro que está constituido por nuestra capacidad de extensión y de prolongación facilitado por las tecnologías de la información que nos permiten actuar en espacios no-inmediatos.
“Siento un nudo en la boca del estómago. Se cierra, me va ahogando. Sube por el pecho y se extiende hasta la garganta. La lengua la obstruye. No puedo tragar y se seca la boca. Arcada. El dolor ha vuelto. Punzante. Continuo. La sien derecha palpitante. Me congestiono. Dos lágrimas exiguas, mínimas, que arden asomadas al vacío desde mis párpados. Hiperventilo. No puedo respirar. Estoy asustada. Otra arcada. Corro hasta el baño y caigo de rodillas como penitente. Intento sujetar el pelo con las dos manos que están heladas, ajenas, casi inertes. Tengo la respiración entrecortada. Otra arcada: el vómito. El amargo sabor del derrotismo. Recuerdo que no he comido nada por ese sabor ácido desde lo profundo. Flota sobre el agua entre espumas. Una convulsión. Escalofríos. El suelo del baño está realmente frío. Me siento en él, encojo las piernas y las abrazo. Frío, muchísimo frío. '¿Por qué? Inútil infeliz –suspiro- ¿Qué te crees?' Llanto ahogado, sin lágrimas. Esa senil mueca en mi enrojecido rostro. Aparto el pelo húmedo del vómito o de las lágrimas. No lo sé. El dolor de cabeza es insoportable. Levantando un brazo sin mirar, consigo asirme al lavabo y me levanto. Saco una ampolla de Nolotil, la rompo y la acerco a los labios. Bebo. Me cae por la barbilla. Otra. Y otra. Lanzo la ampolla con violencia contra la pared. '¡Qué más da! Nadie lo ve.' El asqueroso sabor atasca el trago, pero lo consigo. El dolor va a cesar. Lo sé. Es cuestión de esperar. Consigo llegar hasta la cama. Me acuesto y me cubro con la sábana arrugada y tibia. Sollozo. Tiemblo. Encogida, aplastada. Al cerrar los ojos siento que me arden. La boca me quema. Asco. 'Tranquila, tranquila. Todo es cuestión de esperar.' Alivio.”

Mundo, lenguaje, pensamiento.


La significatividad de los modos de hablar, de escribir, de actuar o de sentir posibles están limitados por un sistema de pensamiento1 concreto. Y digo ésto porque el lenguaje, como juego de símbolos con los que se articula y expresa el pensamiento, está estructurado en su mayor medida sistémicamente. El estudio del imaginario simbólico nos permite llegar a esas estructuras que subyacen cualquier discurso posible, y que están formando y posibilitando cualquiera nuevo. Esto implica que la capacidad para adscribir sentido a lo que es, lo que es en sentido amplio como mundo, como lo que resulta significativo, está limitada por la confrontación o adecuación o regulación entre la experiencia de la vida y una imagen particular de la realidad que funciona como horizonte realizativo. Este proyecto en el tiempo, supone un afán de correspondencia entre lo que se es y lo que se debería ser, posiblemente tras unos arquetipos2 comunes -común por intersubjetivos- a los que se tiende, y que están formateando el conjunto de relaciones estructurales -y estructurantes- posibles. Estos arquetipos funcionan así mismo como una forma de clasificación, ya en Platón la diaresis es una operación que permite delimitar, definir y precisar. Un proceso de racionalización que permite adscribir elementos dentro de tipologías definidas con anterioridad.


Una imagen del mundo providencial e inalcanzable, pero que está configurando nuestra manera de concebir, de entender, de apercibir (no sólo mera percepción), de sentir. Un mundo, entre los posibles, que se consituye y configura precisamente a través de esta forma de penetración en la realidad. Hay manifestaciones culturales que son dadoras de mitología y que funcionan como conformadoras del imaginario. Estas estructuras, que son las formas del pensamiento posible mismo, están expresadas en los múltiples lenguajes de los que es capaz en una sociedad dada. La mitología, que también se puede abordar de forma lingüística como relato (discurso, también imagen) está por encima de los sujetos particulares y es dadora de significados. Está contribuyendo a la formación de figuras bajo las que los acontecimientos, los objetos o los sujetos mismos, cobran un significado (o múltiples significados) concretos. Es decir, configura los arquetipos de los que hablábamos, bajo los cuáles valoramos aspectos de la realidad y que constiturá nuestra concepción del mundo.


Una posición filosófica no es más que una manera programática y regulativa de afrontar y ordenar la realidad. La/s filosofía/s son específicas de un contexto histórico-cultural concreto y tienen un aire epocal, por estar determinadas por factores sociales y darse en un contexto. Por su carácter crítico, es capaz de cuestionar otras formas de cultura, y proponer nuevas imágenes del mundo que funcionen como horizontes de realidad. Puede darse como reformadora o revolucionaria, es decir, darse dentro del sistema de pensamiento preeminente o como el discurso de la alteridad, pero en todo caso favorece el cambio. La concienciación del devenir, su asimilación y su asunción o la negatividad de lo establecido, que como mera posibilidad y en cuanto discurso, se positiviza y se despliega; es apertura. La cultura, en general, es la gran acumulación de saberes de una comunidad, y como tal funciona, más que ninguna otra, como dadora de “modelos, esquemas, escenarios y otras formas de imaginería lingüística convencionalizada”, como afirma Palmer en Lingüística Cultural en el partadoObjetivos y conceptos”.


1Entiendo pensamiento como un término íntimamente ligado con otros , como ciencia, filosofía o cosmovisión, aunque diferente, que tiene un sentido más amplio que éstos, y que, a pesar de su connotación psicologista, en la que entendemos pensamiento como proceso cognitivo, atiende a estructuras que ligan a sujetos por encima de sí mismos.


2Arquetipo: modelo original o primario archetypum. Distinto de prototipo (modelo de una virtud, vicio o cualidad) y de estereotipo (prejuicio). Estereotipo tiene una acepción también interesante, entendida como imagen o idea comúnmente aceptada.

¿Porqué me decido por arquetipo?

Porque: 1) Estamos hablando de ideales regulativos para un proyecto de vida, un sentido colectivo o individual.
2) Aunque este ideal de vida no es escogido por conocimiento (que implica una pretensión de objetividad) los saberes concretos, creadores de imaginario simbólico colectivo, están inscritos en culturas particulares aún teniendo un afán universalista. Por lo tanto, se presentan a sí mismos como verdaderos, exportables, adecuados.
3) Aunque funcionan de una manera local, están insertos en un marco más amplio. Que no los engloba, ni los comprehende.