No es algo sorprendente ni original que el estatuto del arte esté puesto en entredicho desde décadas. Ni siquiera nos sobrecoge la incapacidad para definir el arte y situar la labor artística dentro del panorama global general. No está nada clara su pertinencia. El arte se defiende como puede para reivindicar un espacio propio en las sociedades contemporáneas. Desde la antigüedad clásica el arte se ha visto obligado a justificarse1 , a demostrar su derecho a la vida, a responder al porqué de su ser, a explicar la utilidad y función de un objeto o artefacto -la obra de arte- cuyo valor no es fácilmente reconocible. Th. Adorno ya auguraba en la década de los treinta, una clara y radical falta de certeza a la hora de elaborar una ontología del Arte. En su Teoría Estética pone a favor toda la maquinaria de la dialéctica posthegeliana: una inversión del concepto, que se configura precisamente a través de su ser no-conceptual. Su propuesta es actual y reivindicable:
¿Quién, sino el arte, podía agarrar la mano tendida por esa filosofía que sucumbía en su propia elevación hacia dios sabe qué género de abstracción? ¿Quién, sino el arte, devolvía la posibilidad del retorno a la inmanencia? Lo conceptual y lo simbólico en simbiosis, la expresión concreta en la obra del pensamiento.
¿Quién, sino el arte, podía agarrar la mano tendida por esa filosofía que sucumbía en su propia elevación hacia dios sabe qué género de abstracción? ¿Quién, sino el arte, devolvía la posibilidad del retorno a la inmanencia? Lo conceptual y lo simbólico en simbiosis, la expresión concreta en la obra del pensamiento.
Tanto filosofía como arte reivindican no ser una mera expresión particular de la cultura. Son precisamente ellos -filosofía y arte- quienes constituyen su crítica, con propuestas -en algunos casos radicalmente utópicas- mediante las idealizaciones más desvergonzadas, elaborando manifiestos delirantes y surrealistas, haciendo denuncia social; son quienes señalan la pornografía más lacerante de la sociedad del espectáculo, quienes desvelan las cloacas ocultas ineludibles, en las que la mierda y los poetas se regocijan de sí mismos. Filosofía y arte ofrecen una imagen de la realidad verosímil -realidad entendida en sentido amplio- y de sus fenómenos. Nihilismo, hermenéusis, materialismo, formalismo, historicismo, erótica del arte. Se reivindica en todas ellas un aspecto dominante sobre los demás. Todas ellas plausibles, válidas. Si anhelábamos un atisbo de verdad recalcitrante estamos perdidos en la mayor incertidumbre. Nos contentamos con las vetas que nos ofrece el conocimiento parcial de una realidad que se desborda, que nos desborda, en el marco de la cultura de masas, de la postindustrialización, de las tecnologías de la información. La importancia de un estudio de la imagen, no entendida como mera representación, sino como constituyente de realidad, de nuestro ser en el mundo, de nosotros mismos como imagen narcisista3 que se contempla, se descubre, se toca y se transforma, es importantísima. La palabra pierde su altar inalcanzable, estático, erudito, iluminada por el puro conocimiento servía de vehículo hacía la cosa misma. La nueva sensibilidad y el entendimiento funcionan a través del imaginario social. Sin embargo, no debemos obviar la importancia del concepto que se expresa discursivamente, aún verbalmente. La más concienzuda lectura que nos redescubre a nosotros mismos, y nos abre la vía de la interpretación: reflexión, meditación, examen de conciencia.
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