No es difícil ver el agua
no es difícil ver gotas
y en las gotas cristal
y en el cristal estrellas
y en las estrellas hielo,
y no es difícil que el hielo
quiebre
como el cristal y se dividan
sus pedazos en gotas y que
esas gotas sean como
lluvia
y esa lluvia se libere en
infinito
sobre St. Paul´s.
jueves, 9 de octubre de 2014
miércoles, 29 de mayo de 2013
Conversaciones con O.
Hormigas aladas. Contra la repisa
blanca, quemadas por el foco. El impacto de un peso redondo. Después
retorciéndose, afanándose. Y nosotras, que tal vez aquel dolor de
cabeza. Que tal vez depresión, exceso de sol, falta de cafeína. A
los veinte la pérdida del impulso sexual es un augurio. Parodiar la
decadencia. ¿Sientes lo mismo? Una terrible presión en las
articulaciones, como si la atmósfera, más densa, empujando el
cuerpo, derribándolo.
Derribándolo, ¿no es con b? Y con
acento. El corrector marca un tropiezo ortográfico. O. asiente
mientras añade nata a la sartén. Mi amor, me parece que hoy no van
a ser mis mejores carbonara. Jazz desde el salón. Tabaco de liar
espolvoreado sobre la meseta blanca. Nada de cerveza esta noche, por
la jaqueca, mejor café. Cuidado con la taza. A riesgo de beberse una
hormiga. Podría no ser tan terrible, ya ves. El perro ha vuelto a
mearse sobre el suelo de la cocina.
El aceite chisporrotea. El cerebro se
adhiere a las paredes del cráneo. Tanto sueño durante el día. La
siesta, casi accidental, un desvanecerse vientre contra espalda
durante horas. Antes, en otro tiempo, ayer. Nuestro amor nos mantuvo
despiertas. No podemos, estar mirando la una para la otra todo el
día. O quizás, por qué no, claro que podemos. Eres tan bella,
bellísima. Como el dolor, la catástrofe, el azúcar al fuego,
apenas derretido, dorándose. Incorpórate sobre el plato, un beso.
La cena reclama abandonar la escritura.
O. revisa el texto. No aprueba. Es
agridulce y lo agridulce da risa. Beberse una hormiga, qué
ocurrencia.
Isonomías. Enfrentarse
conjuntamente a la verdad más descarnada. Compartir en el desastre
los mismos modos de evasión y evitar el desamparo sin más, en el
trascurrir caótico de los días no susceptibles de forma. La
superación del uno mismo queda descartada. Tan sólo un vivir
cómodamente, sin constreñir las horas en planificaciones
imposibles, espartanas. Dejarse llevar por lo fisiológico y anular
al pensamiento o reducirlo. A las apetencias más infantiles,
primitivas.
Bajo la lengua. Cierto
regusto a derrota plantea dos caminos posibles: el absurdo o la nada.
O. se pone grave. La nada es grave a veces. En el absurdo todo cabe,
un guiño, a la continuidad.
Aquí tenemos esto. En la
superficie de las horas lo accesible se dispone como objetos. No
acudir a ellos. Señalarlos. Podría ser un viaje, un intercambio de
miradas. Podría no ser nada. Vivir en la nada es renuncia. El
absurdo es transgredir los planos. Otorgarle importancia a una
hormiga que cae. Chamuscada.
El arte como forma de
llenar el tiempo excluso. Esa sofocante sensación de hastío, de
nada, de vaguedad e intrascendencia. El aburrimiento plantea la
cuestión del infinito. Un tempo lento, pesado. El aburrimiento hace
que pensemos en la pérdida, que nos sintamos insulsos, mediocres.
Una carcajada sonora frente a lo irónico. El aburrimiento plantea
otra duda: la del sinsentido. El para qué tanto si después no
servirá. La inmovilidad. Sin transformaciones en el espacio. Tiempo
que es percibido como mera duración. El pálpito, las espiraciones,
los leves movimientos del cuerpo. Marcan un ritmo constante que sin
embargo nos agota.
Es posible sentir haberlo
dicho todo en un párrafo. Entonces queda eso; abandonar,
sobrescribirse. La repetición como otra forma de pobreza.
Manifestaciones de lo limitado. Los ronquidos del perro dormido marca
el ritmo de la noche. Al anochecer las campanas de la plaza mayor ya
no recuerdan el tiempo que corre, perdido.
Dejar constancia de lo
terrible nos hace sentir elevados. Elevados, sobre qué. Haber podido
expresarlo en lugar de tenderle un camino de hojarasca, el margen que
le corresponde en el no recuerdo. La inactividad jamás es línea
definida, se transfigura en la memoria.
O. ha tomado la guitarra
y toca una pieza se Saint Saens. Sí, recuerda la primera vez, en su
cuarto, casi desnuda. Rescató aquella abandonada a un rincón,
afinándola, despertándole la voz que nunca había llenado su
vientre hueco.
Serenata. La habanera.
Carmen. Bizet.
antonio lópez: el universal concreto
La
obra de antonio lópez es, en sus múltiples temas y expresiones, un
intento íntimo y minucioso de ahondar en lo real. Lo real en las
cosas mismas, en su cotidianeidad, en su ser mismo. El anhelo de
alcanzar a través de la representación figurativa -en esa parcela
de espacio concreto de los paisajes, en los interiores o en la figura
humana- en lo real sin más -desnudo, encarnado, quieto- un secreto
que está sutilmente presente. Lo que allí se expresa es lo
inexplicable. La paradoja primigenia que enfrenta al hombre a su
propio existir y a los lugares que ocupa, ese secreto casi milagroso
del porqué de la vida y de nuestra existencia. Sin embargo, esta
pregunta que es la primera y que surge en el hombre asombrado de si
mismo y del mundo, de los objetos que le rodean y acompañan en la
rutina, no se queda simplemente en una actitud interrogativa y vacía,
sino que antonio la responde con el quehacer de los días y el
oficio. Con lo que el hombre-cuerpo humildemente, el hombre de carne
y hueso, puede hacer con sus propias manos. Este quehacer con el que
ocupa la duración de sus días, es en antonio -y también en los
demás, nosotros- una forma de relación con su inmediatez.
La
creación es aquí entendida como vía mística de conocimiento, se
da una relación de tipo amoroso. antonio aleja el espacio de su
vulgar mundaneidad pobretona e insuficiente tomando perspectivas casi
aéreas, desde las azoteas como límite humano posible de elevación
-el pobre hombre que se aúpa sobre sus hombros, sobre la
contingencia y la adversidad- y contempla, desde esta nueva
dimensión, la belleza del mundo tal y como es. Sus imágenes tienen
el valor de una revelación en dos sentidos diferentes: en primer
lugar, en el de desvelar una verdad que las palabras traicionan y que
encuentra su medio de expresión en lo artístico y, en segundo, en
el de transmitir esta verdad revelada que el autor comparte. Hay algo
en sus imágenes que merece ser expresado, algo que merece la
dedicación de toda una vida. Son sus obras una epifanía descreída,
muda, quieta. No parece haber interés puesto en el tiempo ni en el
movimiento. Es, en cambio, la mirada la que adquiere duración:
varios años contemplando un espacio concreto a las mismas horas en
la misma estación del año, escudriñando ese algo que se desoculta
a aquel de la mirada atenta y contemplativa y la mano firme. Un ansia
de lo real. Una necesidad profunda de conocer el misterio y de
encontrar el
fin de la creación en la búsqueda.




miércoles, 25 de julio de 2012
II.
Melancolía
Desde
que sucedió todo aquello siente una tendencia a la inmovilidad,
pérdida de la actividad mental, agotamiento, falta de entusiasmo. Ha
desarrollado una incapacidad total para la imaginación, está atada a
la inmanencia. Su único pensamiento son los sentimientos negativos
que le producen el recuerdo del accidente y todo lo que vino después.
Vive en la niebla, la increencia y la desesperación. Es capaz de
manejar esta situación atándose a lo inmediato, evitando el bucle
recurrente, el pensamiento ocioso, el recuerdo. No ha dejado la
posibilidad al azar, ha decidido cada momento y ejecuta
meticulosamente lo que corresponda sin detenerse. Establece las
pautas, las sigue y evita el cambio. El territorio es limitado y las
conexiones múltiples, lo que dificulta esta huida hacia delante. Este
vencer el tiempo con el tiempo. Consigue al menos mantenerse
dignamente, aunque despojada de sí misma.
Le han
recomendado no visitarla, pero sigue acudiendo al menos una vez por
semana. Rutinariamente. Comparte como puede lo que le ocurre, intenta
fijar en una estancia estática su pasado. Silencio. Presencia
encarnada. Hay una barrera de consciencia y cuerpo que las repele.
Los interiores que compartieron siguen intactos, no los evita, pero
no tiene necesidad de modificar su disposición. Repite los gestos
comunes para evitar el olvido. Los resignifica en su más absoluta
soledad, lo que acabará por ser la única afirmación de la realidad
desdibujada que necesita para tener una ínfima intuición de lo que
fue y que la ayude en este desplome. Por lo menos que sea gradual.
Sucedió
sin tragedia. Se desvaneció tranquilamente. Y se encerró en sí
misma, quedó su cuerpo tendido tranquilo. El último gesto fue una
ligera contracción del rostro, volcándose hacia dentro y quedó
allí postrada delante de sus propios ojos. Se pregunta siempre por
qué la abandonó parecía su último gran truco, la última
impostura. Aquello dio un sentido nuevo y siniestro a sus palabras y
gestos, la distancia dio lugar a rememorar lo que fue común. Al irse
quedó determinada la vivencia, cerrada en una bolsa, accesible
únicamente por su mala memoria y su capacidad de traerla al
presente.
I.
Su
verdad es lo esencial. Su ser se ha convertido en lo único
universal. La rodea una envoltura onírica, matricial, uterina. Ha
renacido sin tiempo en un espacio que envuelve todo su ser y que no
se distingue de ella. El comienzo de todo renacer es la proximidad de
la no existencia, la amenaza constante de la nada en un equilibrio
casi imposible. Toma por verdadero lo único en sí: la indistinción
más absoluta entre ser, cuerpo y memoria. Ha retornado a un modo más
auténtico, el todo se ha hecho igual a sí misma. Ella es la
partícula elemental única en un cosmos en apariencia infinito,
eterno. Conectado por un hilo mínimo externo que sustenta este
universo íntimo e inaccesible, constituido por una cáscara craneal
abovedada que acoge herméticamente la vida sustancial y la nutre.
Ella se siente el pulso como una protomembrana que se
agita inconsciente y constante en el epicentro de su ser.
Inspiración: tránquila, cálida, húmeda. El principio mismo del
acompasado seguir en sí palpitando suavemente, se prolonga por sí
sin intención, ni afecto. Lo interior en lo interior. En un acto en
presente continuo, constante y aislado, entretenido en su función de
procesador de imágenes que saturan la cantidad-trabajo del
órgano-total a un nivel de rendimiento mínimo, pero suficiente.
Susbsiste en ese estado ligero y apacible: en un sueño eterno.
Todo
es experiencial. Espacio corriente, flujo, elemento... El ser se sabe
a sí mismo. Una pantalla de acceso porosa y traslúcida lo encierra
entreviendo alguna luz reflejada en un medio acuoso. Esa
confrontación supone una ruptura de este gran ser en sí mismo
autosuficiente que se desconoce por el envés y se mantiene en un
cuerpo geoide irregular, únicamente alargado por uno de sus polos.
La temperatura de este polo distanciado es ligeramente inferior. No
hay soporte ni medio, la imagen se desenvuelve libre, desde algún
lugar remoto, no espacial, dónde se almacena. La gestión de las
imágenes es aleatoria. El movimiento sólo es perceptible por los
recuerdos de una vida anterior orgánica que se suceden inconexos,
cinemáticos. Estos recuerdos se despliegan constituyendo una vida
holográfica y virtual que la satisfacen y llenan como nunca. Esta
vía única de realidad es la consecuencia de la pulsión
energética y vital, tal y como lo hacen también esas vías externas
totalmente ajenas, indiferentes, ignotas, venosas. Los objetos se le
presentan interferidos, tumultuosos. Se suceden unos a otros sin
momento aparente. El código es conocido, la escena también. Se
fascina en la única representación de lo que parece ser la memoria
anterior descoordinada, una vida previa que no recuerda. Las imágenes
son inconstantes. Contracción. Elongación. El único tiempo es el
ritmo de las imágenes que anteproyectan una siguiente que logra
cierta continuidad con la antecesora: de ahí la verdad de la
representación, su suficiencia y su sentido. Todo el órgano está
orientado para la consecución de este fin absurdo que le dota de
necesidad. Esta necesidad no es más que la de la mera permanencia.
Una dinámica autoconstitutiva, pre-racional, dominada por el
insconciente puro. Ese inconsciente fija la cantidad de flujo y el
contenido de este. Este estado embrionario maduro es una suspensión
feliz en el tiempo. Las necesidades orgánicas mínimas se satisfacen
sin desgaste. Algo la mantiene en un estado límite. Este hecho, es
algo que ni siente ni conoce.
Ha
conocido la felicidad más absoluta.
jueves, 15 de abril de 2010
Leni Riefenstahl: estética de la sublimación.
La estética de Riefensthl recupera el ideal clásico griego de belleza. Anhelo de una época primigenia y originaria mejor. Imágenes de cuerpos atléticos, fuertes, jóvenes saludables, asexuados. Sobre todo el cuerpo. Exaltación del cuerpo escultural, que de la rigidez y la quietud pasa al movimiento acompasado y armónico. Composición de la simetría, la proporcionalidad y el equilibrio. En la escultura clásica vemos un idealización del hombre estática y tridimensional. Aquí, en las producciones de propaganda nazi, vemos individuos que destacan sobre los demás, necios que no entienden su superioridad: el la afirmación última del Yo último: su valor y su fuerza. La superación y la trascendencia como meta supone un desafío, un ejercicio de superación, asimilar la propia posibilidad de aniquilación. La metáfora de la constante elevación.. El triunfo de la libertad y de la voluntad heroicas presentes en el romanticismo esteticista alemán.
La competición deportiva es una forma de canalización de la agresividad, al menos supone la disminución de la violencia destructiva efectiva. El entusiasmo se convierte en el nexo de unión de los espectadores que viven con auténtica fascinación idólatra el acontecimiento. La mayor evidencia de la sociedad de masas y del espectáculo. Arrebatados por la epopeya deportiva. La lucha y la victoria: mediatizadas. La superación de la contingencia humana, la negación de las bajas pasiones.
Cine
Un caso particular de la imagen es la cinematográfica. El cine no es sólo un ejemplo ilustrativo en el que apoyar consideraciones más profundas sobre la realidad, la vida o la existencia humana. De hecho, la nueva mitología del milenio se gesta en su matriz simbólica. El cine también tiene cabida entendido como perspectiva desde la que alentar o imbuir una determinada actitud respecto a los aspectos que sean subrayados. Llama la atención sobre algún elemento, lo focaliza e invita al espectador a participar de su ilusión. Las muchedumbres fascinadas, como dijo Sartre. El arte pierde su constitución snob y clasista, el arte difundido, mediatizado, desarrollado por el ciudadano está a disposición de quién se quiera adentrar en él y explorar; el abaratamiento de los costes de producción permite que más gente se acerque al mundo artístico. Esto no quiere decir que la calidad del arte, y por ende del cine haya mejorado, ni mucho menos. Pero sí que parece, desde mi punto de vista, que desde hace unos años hayan proliferado los relatos intimístas, realistas, casi documentales.
La elaboración de una imagen determinada (al hablar de imagen cinematográfica pienso en la discurrida por Deleuze en Imagen-tiempo, es decir, no como mera representación sino como movimiento; con el aditamento de los op-signos y son-signos: elementos ópticos y sonoros en la imagen) tiene un propósito de significatividad. Que el significado, que nunca es decisivo siempre está abierto, y el objeto último, estén por encima de las intenciones del autor es algo que no discuto, pero que hay intencionalidad creo que tampoco se puede negar. Se puede entender como un acto comunicativo: hay un contexto de génesis (proyecto, proceso de creación, intención del autor/es y de los participantes –si los hay- factores económicos, desarrollo de las técnicas artísticas, entre otros), la obra en sí entendida como mensaje (composición, elementos, relaciones, estilo, forma, movimiento, tono) y el contexto de recepción (espectación, interpretación, justificación, difusión). No obstante, este esquema tripartito tiene que ser dinámico. No se puede afirmar con rotundidad el significado completo de una obra de arte, o en este caso de una película. Siempre hay referencias que hacen referencia a otras cosas, al propio medio o a otros, y que imposibilitan una individuación de la obra tomada en sí misma, o que tienen lugar en un tiempo concreto, son efímeras, y por tanto irrepetibles.
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