miércoles, 25 de julio de 2012


II.

Melancolía

Desde que sucedió todo aquello siente una tendencia a la inmovilidad, pérdida de la actividad mental, agotamiento, falta de entusiasmo. Ha desarrollado una incapacidad total para la imaginación, está atada a la inmanencia. Su único pensamiento son los sentimientos negativos que le producen el recuerdo del accidente y todo lo que vino después. Vive en la niebla, la increencia y la desesperación. Es capaz de manejar esta situación atándose a lo inmediato, evitando el bucle recurrente, el pensamiento ocioso, el recuerdo. No ha dejado la posibilidad al azar, ha decidido cada momento y ejecuta meticulosamente lo que corresponda sin detenerse. Establece las pautas, las sigue y evita el cambio. El territorio es limitado y las conexiones múltiples, lo que dificulta esta huida hacia delante. Este vencer el tiempo con el tiempo. Consigue al menos mantenerse dignamente, aunque despojada de sí misma.

Le han recomendado no visitarla, pero sigue acudiendo al menos una vez por semana. Rutinariamente. Comparte como puede lo que le ocurre, intenta fijar en una estancia estática su pasado. Silencio. Presencia encarnada. Hay una barrera de consciencia y cuerpo que las repele. Los interiores que compartieron siguen intactos, no los evita, pero no tiene necesidad de modificar su disposición. Repite los gestos comunes para evitar el olvido. Los resignifica en su más absoluta soledad, lo que acabará por ser la única afirmación de la realidad desdibujada que necesita para tener una ínfima intuición de lo que fue y que la ayude en este desplome. Por lo menos que sea gradual.

Sucedió sin tragedia. Se desvaneció tranquilamente. Y se encerró en sí misma, quedó su cuerpo tendido tranquilo. El último gesto fue una ligera contracción del rostro, volcándose hacia dentro y quedó allí postrada delante de sus propios ojos. Se pregunta siempre por qué la abandonó parecía su último gran truco, la última impostura. Aquello dio un sentido nuevo y siniestro a sus palabras y gestos, la distancia dio lugar a rememorar lo que fue común. Al irse quedó determinada la vivencia, cerrada en una bolsa, accesible únicamente por su mala memoria y su capacidad de traerla al presente.




I.


Su verdad es lo esencial. Su ser se ha convertido en lo único universal. La rodea una envoltura onírica, matricial, uterina. Ha renacido sin tiempo en un espacio que envuelve todo su ser y que no se distingue de ella. El comienzo de todo renacer es la proximidad de la no existencia, la amenaza constante de la nada en un equilibrio casi imposible. Toma por verdadero lo único en sí: la indistinción más absoluta entre ser, cuerpo y memoria. Ha retornado a un modo más auténtico, el todo se ha hecho igual a sí misma. Ella es la partícula elemental única en un cosmos en apariencia infinito, eterno. Conectado por un hilo mínimo externo que sustenta este universo íntimo e inaccesible, constituido por una cáscara craneal abovedada que acoge herméticamente la vida sustancial y la nutre. Ella se siente el pulso como una protomembrana que se agita inconsciente y constante en el epicentro de su ser. Inspiración: tránquila, cálida, húmeda. El principio mismo del acompasado seguir en sí palpitando suavemente, se prolonga por sí sin intención, ni afecto. Lo interior en lo interior. En un acto en presente continuo, constante y aislado, entretenido en su función de procesador de imágenes que saturan la cantidad-trabajo del órgano-total a un nivel de rendimiento mínimo, pero suficiente. Susbsiste en ese estado ligero y apacible: en un sueño eterno.

Todo es experiencial. Espacio corriente, flujo, elemento... El ser se sabe a sí mismo. Una pantalla de acceso porosa y traslúcida lo encierra entreviendo alguna luz reflejada en un medio acuoso. Esa confrontación supone una ruptura de este gran ser en sí mismo autosuficiente que se desconoce por el envés y se mantiene en un cuerpo geoide irregular, únicamente alargado por uno de sus polos. La temperatura de este polo distanciado es ligeramente inferior. No hay soporte ni medio, la imagen se desenvuelve libre, desde algún lugar remoto, no espacial, dónde se almacena. La gestión de las imágenes es aleatoria. El movimiento sólo es perceptible por los recuerdos de una vida anterior orgánica que se suceden inconexos, cinemáticos. Estos recuerdos se despliegan constituyendo una vida holográfica y virtual que la satisfacen y llenan como nunca. Esta vía única de realidad es la consecuencia de la pulsión energética y vital, tal y como lo hacen también esas vías externas totalmente ajenas, indiferentes, ignotas, venosas. Los objetos se le presentan interferidos, tumultuosos. Se suceden unos a otros sin momento aparente. El código es conocido, la escena también. Se fascina en la única representación de lo que parece ser la memoria anterior descoordinada, una vida previa que no recuerda. Las imágenes son inconstantes. Contracción. Elongación. El único tiempo es el ritmo de las imágenes que anteproyectan una siguiente que logra cierta continuidad con la antecesora: de ahí la verdad de la representación, su suficiencia y su sentido. Todo el órgano está orientado para la consecución de este fin absurdo que le dota de necesidad. Esta necesidad no es más que la de la mera permanencia. Una dinámica autoconstitutiva, pre-racional, dominada por el insconciente puro. Ese inconsciente fija la cantidad de flujo y el contenido de este. Este estado embrionario maduro es una suspensión feliz en el tiempo. Las necesidades orgánicas mínimas se satisfacen sin desgaste. Algo la mantiene en un estado límite. Este hecho, es algo que ni siente ni conoce.

Ha conocido la felicidad más absoluta.

jueves, 15 de abril de 2010

Leni Riefenstahl: estética de la sublimación.



La estética de Riefensthl recupera el ideal clásico griego de belleza. Anhelo de una época primigenia y originaria mejor. Imágenes de cuerpos atléticos, fuertes, jóvenes saludables, asexuados. Sobre todo el cuerpo. Exaltación del cuerpo escultural, que de la rigidez y la quietud pasa al movimiento acompasado y armónico. Composición de la simetría, la proporcionalidad y el equilibrio. En la escultura clásica vemos un idealización del hombre estática y tridimensional. Aquí, en las producciones de propaganda nazi, vemos individuos que destacan sobre los demás, necios que no entienden su superioridad: el la afirmación última del Yo último: su valor y su fuerza. La superación y la trascendencia como meta supone un desafío, un ejercicio de superación, asimilar la propia posibilidad de aniquilación. La metáfora de la constante elevación.. El triunfo de la libertad y de la voluntad heroicas presentes en el romanticismo esteticista alemán.









La competición deportiva es una forma de canalización de la agresividad, al menos supone la disminución de la violencia destructiva efectiva. El entusiasmo se convierte en el nexo de unión de los espectadores que viven con auténtica fascinación idólatra el acontecimiento. La mayor evidencia de la sociedad de masas y del espectáculo. Arrebatados por la epopeya deportiva. La lucha y la victoria: mediatizadas. La superación de la contingencia humana, la negación de las bajas pasiones.



Cine

Un caso particular de la imagen es la cinematográfica. El cine no es sólo un ejemplo ilustrativo en el que apoyar consideraciones más profundas sobre la realidad, la vida o la existencia humana. De hecho, la nueva mitología del milenio se gesta en su matriz simbólica. El cine también tiene cabida entendido como perspectiva desde la que alentar o imbuir una determinada actitud respecto a los aspectos que sean subrayados. Llama la atención sobre algún elemento, lo focaliza e invita al espectador a participar de su ilusión. Las muchedumbres fascinadas, como dijo Sartre. El arte pierde su constitución snob y clasista, el arte difundido, mediatizado, desarrollado por el ciudadano está a disposición de quién se quiera adentrar en él y explorar; el abaratamiento de los costes de producción permite que más gente se acerque al mundo artístico. Esto no quiere decir que la calidad del arte, y por ende del cine haya mejorado, ni mucho menos. Pero sí que parece, desde mi punto de vista, que desde hace unos años hayan proliferado los relatos intimístas, realistas, casi documentales.

La elaboración de una imagen determinada (al hablar de imagen cinematográfica pienso en la discurrida por Deleuze en Imagen-tiempo, es decir, no como mera representación sino como movimiento; con el aditamento de los op-signos y son-signos: elementos ópticos y sonoros en la imagen) tiene un propósito de significatividad. Que el significado, que nunca es decisivo siempre está abierto, y el objeto último, estén por encima de las intenciones del autor es algo que no discuto, pero que hay intencionalidad creo que tampoco se puede negar. Se puede entender como un acto comunicativo: hay un contexto de génesis (proyecto, proceso de creación, intención del autor/es y de los participantes –si los hay- factores económicos, desarrollo de las técnicas artísticas, entre otros), la obra en sí entendida como mensaje (composición, elementos, relaciones, estilo, forma, movimiento, tono) y el contexto de recepción (espectación, interpretación, justificación, difusión). No obstante, este esquema tripartito tiene que ser dinámico. No se puede afirmar con rotundidad el significado completo de una obra de arte, o en este caso de una película. Siempre hay referencias que hacen referencia a otras cosas, al propio medio o a otros, y que imposibilitan una individuación de la obra tomada en sí misma, o que tienen lugar en un tiempo concreto, son efímeras, y por tanto irrepetibles.

Arte, Filosofía.

No es algo sorprendente ni original que el estatuto del arte esté puesto en entredicho desde décadas. Ni siquiera nos sobrecoge la incapacidad para definir el arte y situar la labor artística dentro del panorama global general. No está nada clara su pertinencia. El arte se defiende como puede para reivindicar un espacio propio en las sociedades contemporáneas. Desde la antigüedad clásica el arte se ha visto obligado a justificarse1 , a demostrar su derecho a la vida, a responder al porqué de su ser, a explicar la utilidad y función de un objeto o artefacto -la obra de arte- cuyo valor no es fácilmente reconocible. Th. Adorno ya auguraba en la década de los treinta, una clara y radical falta de certeza a la hora de elaborar una ontología del Arte. En su Teoría Estética pone a favor toda la maquinaria de la dialéctica posthegeliana: una inversión del concepto, que se configura precisamente a través de su ser no-conceptual. Su propuesta es actual y reivindicable:
¿Quién, sino el arte, podía agarrar la mano tendida por esa filosofía que sucumbía en su propia elevación hacia dios sabe qué género de abstracción? ¿Quién, sino el arte, devolvía la posibilidad del retorno a la inmanencia? Lo conceptual y lo simbólico en simbiosis, la expresión concreta en la obra del pensamiento.

Tanto filosofía como arte reivindican no ser una mera expresión particular de la cultura. Son precisamente ellos -filosofía y arte- quienes constituyen su crítica, con propuestas -en algunos casos radicalmente utópicas- mediante las idealizaciones más desvergonzadas, elaborando manifiestos delirantes y surrealistas, haciendo denuncia social; son quienes señalan la pornografía más lacerante de la sociedad del espectáculo, quienes desvelan las cloacas ocultas ineludibles, en las que la mierda y los poetas se regocijan de sí mismos. Filosofía y arte ofrecen una imagen de la realidad verosímil -realidad entendida en sentido amplio- y de sus fenómenos. Nihilismo, hermenéusis, materialismo, formalismo, historicismo, erótica del arte. Se reivindica en todas ellas un aspecto dominante sobre los demás. Todas ellas plausibles, válidas. Si anhelábamos un atisbo de verdad recalcitrante estamos perdidos en la mayor incertidumbre. Nos contentamos con las vetas que nos ofrece el conocimiento parcial de una realidad que se desborda, que nos desborda, en el marco de la cultura de masas, de la postindustrialización, de las tecnologías de la información. La importancia de un estudio de la imagen, no entendida como mera representación, sino como constituyente de realidad, de nuestro ser en el mundo, de nosotros mismos como imagen narcisista3 que se contempla, se descubre, se toca y se transforma, es importantísima. La palabra pierde su altar inalcanzable, estático, erudito, iluminada por el puro conocimiento servía de vehículo hacía la cosa misma. La nueva sensibilidad y el entendimiento funcionan a través del imaginario social. Sin embargo, no debemos obviar la importancia del concepto que se expresa discursivamente, aún verbalmente. La más concienzuda lectura que nos redescubre a nosotros mismos, y nos abre la vía de la interpretación: reflexión, meditación, examen de conciencia.

Conciencia, Sujeto, Imagen.

La imagen propia -la del sujeto que se contempla en la sociedad de la subjetividad más exacervada y alienante, que es la nuestra- mediatizada por el imaginario, simbólico y conceptual, en el que el sujeto está inserto, y que es, por contrastación con la imagen que se proyecta en lo demás -tanto objetos como sujetos, que tampoco están dados, sino que se formatean también en este hacer-se mutuo- como se posibilita el conocimiento de sí mismo. Creación e inventiva de la propia imagen dentro de un contexto social en el que el individuo se inscribe como parte perteneciente y constitutiva (como nodos de una red más amplia de relaciones). Un animal que no sea capaz de concebirse a sí mismo, que sólo posea impresiones sensoriales, no tiene conciencia, no tiene algo a lo que podemos llamar yo. Las impresiones están enriquecidas por nuestra capacidad para referirnos a objetos, adscribir significados, poseer conceptos temporales. Todo esto está posibilitado por manejar símbolos compartidos grupalmente. Empezamos a ver con imágenes, pero creo que miramos, focalizamos, atendemos, y por tanto, dintinguimos e individualizamos cuando empezamos a entender gestos, habla, palabras. Palabras que son la primera abstracción que utilizamos como herramienta conceptual para permitirnos todas estas operaciones del pensamiento. Cuando alguien habla conmigo, escucho sus palabras, las comprendo e iniciamos un proceso comunicativo, no voy una a una imaginando (en imágenes claro) las palabras que articula, sino que capto el mensaje sin más. Sé lo que me quiere decir cuando me habla de un “perro”, por ejemplo, sin necesidad de acudir a imágenes concretas de perros conocidos. Capto el mensaje, que articula mediante una fórmula lingüística. Si me paro reflexiono sobre lo que me dicen, entonces sí, puede que imagine a mi perro, al de la vecina, o a un llavero con esa forma. Tengo una palabra, concepto, que me permite ante una impresión distinguir si lo que tengo delante es, en este caso, un perro o no. Sin embargo, un sistema conceptual, sea el que sea (incluso las formas más abstractas de pensamiento) esta forjado en principio metafóricamente (Lakoff-Johnson). Los conceptos se estructuran a partir de experiencias propiamente humana. Los conceptos más abstractos, difícilmente delimitados, los intentamos comprender a partir de conceptos más simples formados mediante metáforas orientacionales, metáforas ontológicas (entidad y sustancia), personificaciones, metonimias.

La apercepción del cuerpo en el espacio proporcionado por los órganos vestibulares (del equilibrio), propiocepción (sentido de la posición del cuerpo en el espacio dada por la musculatura), la visión y la memoria (experiencia vivida previa) permiten establecer una referencia mediante la que estructurar lo inmediato en función del alcance y nuestra capacidad de manipular o modificar el entorno. Inevitablemente a este sentido del espacio se le ha añadido otro que está constituido por nuestra capacidad de extensión y de prolongación facilitado por las tecnologías de la información que nos permiten actuar en espacios no-inmediatos.
“Siento un nudo en la boca del estómago. Se cierra, me va ahogando. Sube por el pecho y se extiende hasta la garganta. La lengua la obstruye. No puedo tragar y se seca la boca. Arcada. El dolor ha vuelto. Punzante. Continuo. La sien derecha palpitante. Me congestiono. Dos lágrimas exiguas, mínimas, que arden asomadas al vacío desde mis párpados. Hiperventilo. No puedo respirar. Estoy asustada. Otra arcada. Corro hasta el baño y caigo de rodillas como penitente. Intento sujetar el pelo con las dos manos que están heladas, ajenas, casi inertes. Tengo la respiración entrecortada. Otra arcada: el vómito. El amargo sabor del derrotismo. Recuerdo que no he comido nada por ese sabor ácido desde lo profundo. Flota sobre el agua entre espumas. Una convulsión. Escalofríos. El suelo del baño está realmente frío. Me siento en él, encojo las piernas y las abrazo. Frío, muchísimo frío. '¿Por qué? Inútil infeliz –suspiro- ¿Qué te crees?' Llanto ahogado, sin lágrimas. Esa senil mueca en mi enrojecido rostro. Aparto el pelo húmedo del vómito o de las lágrimas. No lo sé. El dolor de cabeza es insoportable. Levantando un brazo sin mirar, consigo asirme al lavabo y me levanto. Saco una ampolla de Nolotil, la rompo y la acerco a los labios. Bebo. Me cae por la barbilla. Otra. Y otra. Lanzo la ampolla con violencia contra la pared. '¡Qué más da! Nadie lo ve.' El asqueroso sabor atasca el trago, pero lo consigo. El dolor va a cesar. Lo sé. Es cuestión de esperar. Consigo llegar hasta la cama. Me acuesto y me cubro con la sábana arrugada y tibia. Sollozo. Tiemblo. Encogida, aplastada. Al cerrar los ojos siento que me arden. La boca me quema. Asco. 'Tranquila, tranquila. Todo es cuestión de esperar.' Alivio.”